La mujer durante la edad media.

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La mujer durante la edad media.

Mensaje  ROLANDO ENCARNACION MARTE el Dom Feb 19, 2012 8:24 pm

La Mujer
en la Edad Media






El
principal problema que nos encontramos a la hora de definir la Historia
de las Mujeres en la Edad Media, es su ausencia en las fuentes escritas,
por lo que no es fácil rastrear sus actividades diarias,
sus posicionamientos o pensamientos sino que lo poco que sabemos
es a través de los escritos masculinos.


Por
eso hay que ser cuidadosos a la hora de tener o no por válida
la imagen que los clérigos, los únicos que sabían
escribir, dan sobre la mujer. A pesar de esta dificultad, hoy en
día conocemos a grandes figuras como Leonor de Aquitania,
Juana de Arco o Christine de Pisan, así como muchos elementos
de su vida cotidiana: podemos conocer qué comían,
a qué se dedicaban, cómo cocinaban, qué vestían,
etc.


Es realmente difícil
determinar si hubo una evolución o un retroceso en la situación
de la mujer en la Edad Media. Fueron diez siglos en los que la sociedad,
la cultura y las costumbres sufrieron muchas variaciones. Por ejemplo,
España comenzó el siglo VIII con tres religiones conviviendo:
la judía, la musulmana y la cristiana, que son, además,
tres formas distintas de pensar, entender, definir y construir a
la mujer.


Si avanzamos en el tiempo,
nos encontramos con una Europa - incluida España- cristiana,
en la que la Iglesia va tomando poco a poco parcelas de poder; entre
ellas, las referidas a la moral. Este orden se ve reforzado por
un sistema social muy rígido, marcado únicamente por
el nacimiento, donde las diferencias de clase son claras. Estos
dos elementos, junto con la proliferación de obras que tratan
sobre el carácter femenino, definirán la posición
de la mujer a lo largo de la Edad Media.


La Iglesia tenía
reservadas para la mujer dos imágenes que pretendía
instaurar como modelo en una sociedad cada vez más compleja,
que había que dirigir con mano de hierro si se quería
controlar. La primera de ellas es la de Eva, que fue creada con
la costilla de Adán y propició la expulsión
de ambos del Paraíso. La segunda es la de María, que
representa, además de la virginidad, la abnegación
como madre y como esposa. Ambas visiones pueden parecer contradictorias
pero no es sino la impresión general que tenemos de la época:
lo ideal frente a lo real.



Ligado directamente a este
aspecto, y teniendo en cuenta que la virtud más importante
para la mujer es la castidad, la cuestión de la sexualidad
es ampliamente tratada por el clero. Entorno a ella surgen distintos
debates que siempre concluyen en el mismo punto de exigencia para
la mujer: despojar al acto sexual de todo goce y disfrute para entenderlo
como un deber conyugal, que tiene como objetivo la procreación.
Es por tanto, sólo posible dentro del matrimonio y con el
esposo, no estando permitida para la mujer, bajo pena de escarnio
y muerte, las relaciones extramatrimoniales ni adúlteras.
Lo que aún crea debate para los historiadores es si entre
los matrimonios, y por tanto en la práctica sexual, existía
o no el sentimiento de amor y si fuese así, qué sentido
y dimensión tendría.


Si hacemos caso a los libros,
el ideal de vida, de amor y de mujer era, como ya se ha visto, más
idílica que real, en la que el Amor Cortés era el
máximo exponente y la mujer la descrita en él: casta,
prudente, trabajadora, honrada, callada y hermosa y sorprendentemente
culta, capaz de entretener y sorprender a su caballero. No obstante,
es posible encontrar diferencias entre las situaciones femeninas.
Algunos historiadores apuntan que la edad es esencial a la hora
de estudiar a las mujeres en esta etapa, ya que la sociedad exigía
diferentes virtudes y comportamientos en cada momento de la vida.



Casagrande va más
allá: en el mundo medieval infancia y adolescencia se unen
en una sola etapa, la de la virginidad… es considerada una
etapa transitoria, incompleta, preparatoria para la siguiente, que
se caracteriza por la reproducción"



Si nos referimos al físico,
como en los saberes y la literatura, se impone el modelo clásico:
la figura femenina de las esculturas romana donde las mujeres poseen
un vientre abultado y generosos pechos, símbolo de la fertilidad
así como una figura algo redonda signo de su clase social.
Además gusta la mujer de piel clara que no ha ennegrecido
trabajando al sol, de cabellos rubios y rizados, limpios y cuidados.
Si tenemos en cuenta las duras condiciones de vida y la casi inexistencia
de cosméticos, podemos considerar que se impusieron unos
cánones muy extremos, paralelos a la idealización
que se hace del amor y de las relaciones de pareja. Posiblemente
sea consecuencia de que es la visión que impusieron los hombres
religiosos, lejos de la realidad, y por tanto, lejos de las mujeres
reales de ese tiempo.


Desde el punto de vista
social, podríamos hacer una triple diferenciación
en cuanto a la posición de las mujeres en él: la mujer
noble, la campesina y la monja. La primera de ellas era la única
que podía gozar de grandes privilegios y la que, si fuese
posible, podría alcanzar un mayor reconocimiento.


Era el centro del hogar
donde se encargaba no sólo del cuidado de los hijos y su
educación sino que también de la organización
de los empleados que trabajasen para ellos, del control de la economía
y en ausencia de su marido, bastante común en la época
por las guerras o las cruzadas, o por quedar viuda, era la encargada,
como administradora, de tomar las decisiones en sustitución
de su marido. La realidad era, según algunos especialistas,
que las necesidades que tenían en el del día a día
nos permiten conocer ejemplos a través de documentos-diarios,
contabilidades del hogar, permisos especiales, etc.- sobre ciertas
mujeres que ejercían como lo hicieran sus maridos o que incluso
podían llegar a alcanzar un gran poder social.


El día de la mujer
noble podía llegar a ser agotador dependiendo de las posesiones
que tuviese que dirigir, de sus empleados y del número de
familia. De cualquiera de las formas, era un trabajo más
complicado de lo que la literatura clásica ha dado a entender.
No obstante, el dinero o el prestigio no hacía que estas
mujeres fueran plenamente felices y es que se jugaba con ellas desde
que eran utilizadas como moneda de cambio a través de las
uniones matrimoniales, que servían para sellar pactos estratégicos
o políticos, y así aumentar las posesiones de uno
u otro hombre. A la mayor parte no se les permitía intervenir
en política y, aunque eran las transmisoras de la dote, según
la Legislación, no podían gozar de ella ni en su estado
de casadas, solteras o viudas, porque pertenecían al padre,
al esposo o al hijo.


Pero, sin lugar a dudas,
era la mujer campesina medieval la que más duras condiciones
de vida tuvo que soportar: dentro del hogar era la encargada de
la cocina, de las ropas, de la limpieza, de la educación
de los hijos, etc. Fuera de él debía ocuparse del
ganado y del huerto, cuando no debía trabajar también
en las tierras de cultivo. Si por el contrario la mujer residía
en la ciudad, además de ocuparse de su familia y la casa,
debía hacerlo del negocio familiar o ayudar a su marido en
cualquiera de las actividades que éste llevase a cabo. Si
ambos cobraban un salario, el de la mujer era notablemente menor,
a pesar de que realizasen los mismos trabajos.
Este hecho es especialmente lacerante cuando la mujer es soltera
o viuda y deja el hogar para trabajar, normalmente en el servicio
doméstico- representa la mayoría-, en el hilado, o
como lavandera o cocinera. Pero también lo hace, como decimos,
en el campo como braceras o jornaleras.


Por último, la mujer
que opta por dedicar a Dios su vida es una mujer que ha cometido
pecados en su vida y quiere redimirse, o bien una segundona que
ha visto cómo su dote se ha ido con una hermana mayor, o
simplemente una mujer que ve el convento como salida a un casi seguro
matrimonio pactado. Esta mujer ha sido la que más expectación
ha generado en la historiografía, derivada de las particularidades
de los conventos y la relativa libertad que se vivían dentro
de ellos.


Un caso especial muy estudiado
también, lo suponen las beguinas, mujeres que dedican su
existencia a la religión pero que lejos de ingresar en un
convento, mantienen su vida cotidiana fuera de éste. Estas
mujeres pretendían tener un contacto inmediato con Dios,
sin intermediación de la Iglesia, para establecer un diálogo
directo con Él. Del mismo modo, se dedicaban a la defensa
y el cuidado de los pobres, de los enfermos y los huérfanos,
y a un campo poco común, el del conocimiento: traducían
obras religiosas a lenguas comunes.



La Educación es uno
de esos campos en los que la mujer tiene cierto espacio en la Edad
Media. Era ella, desde que la mayoría de la población
es analfabeta, la encargada de transmitir la cultura y los conocimientos
que poseía a los hijos y las hijas. Si nos referimos a las
nobles, hoy en día sabemos que la mayoría de ellas
sí cultivaron los saberes. Dominando la escritura y la lectura,
aprendieron otras lenguas, se instruyeron en ciencias, y en música.
Por el contrario, el acceso a la educación para las clases
bajas fue mucho más complicado, especialmente en las zonas
rurales.


De cualquier forma y a pesar
de los conocimientos que tuviesen o su clase social, las instruían
en la religión y las enseñaban a organizar un hogar.
A las niñas plebeyas las iniciarán en la costura,
el hilado y las tareas del huerto y el ganado y si tenían
un negocio familiar, a las labores que debían desempeñar.
A las nobles se las mostraba cómo dirigir al servicio así
como buenos modales y el saber estar.


Las monjas eran las más
afortunadas entre todas las mujeres si a la educación nos
referimos ya que podían llegar incluso a conocer el latín
y el griego y por tanto a leer y escribir. A pesar de que no era
lo común, hoy en día sabemos de mujeres que retando
a su tiempo, escribieron desde los conventos: Hildegarda de Bingen
o Gertrudis de Helfta. Debieron enfrentarse a un cuestionamiento
ya que se consideraban sin rigor por el simple hecho de ser mujeres.
Se las consideraba también con menor inteligencia, menos
capacidades o incluso sin alma: las prescripciones o normas que
debían seguir las mujeres, independientemente de su edad
o clase social, se regían por libros de los monasterios o
de la Antigüedad. Destacan las obras de fisiología que
argumentaban que la diferencia entre sexos era una cuestión
biológica: a las mujeres les atribuían unos humores
fríos y húmedos, mientras que a los hombres se les
consideraba calientes y secos, la perfección y medida de
todas las cosas. La naturaleza de las mujeres les hacía no
sólo ser más débiles en los aspectos morales,
sino también en los físicos, porque podía ser
causante de todas sus enfermedades, entre ellas la menstruación
-que no era sino todo aquello demoniaco que la mujer expulsaba por
la vagina-.


Estos
tratados fisiológicos, junto con otros escritos sobre moral
y costumbres, así como una regulación jurídica
muy negativa para la mujer, hicieron de la Edad Medía, en
su mayoría, una etapa oscura, de austeridad y de prohibiciones
para la mujer, en la que su comportamiento estuvo medido por la
institución de la Iglesia como único garante del buen
orden social y vigilado por los maridos como ejecutores de las normas.
Pero también hubo luces.



En la actualidad se han
multiplicado los estudios sobre esta época y sabemos gracias
al trabajo de muchas historiadoras, de grandes mujeres que retaron
a su tiempo o de actividades en las que la mujer era el centro.
Una de ellas era la medicina familiar de la que las mujeres, especialmente
aquellas rurales, tenían un conocimiento de las plantas y
los remedios que podían utilizarse para curar las enfermedades.


Es por tanto una etapa de
luz y de sombras, de pasos hacia delante y hacia atrás donde,
desgraciadamente, la posición de la mujer fue de inferioridad
pero donde, las mujeres buscaban huecos, agujeros por los que salir.


(Autora
del artículo/colaboradora de ARTEGUIAS:
Ana Molina Reguilón






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